Las niñas, de pequeñas, tienden a idolatrar o enamorarse de su propio padre (habría que debatir qué concepto tiene una niña que no levanta ni dos palmos del suelo sobre el verbo 'enamorarse'). Sueñan que se casan con ellos (por ejemplo), lo que se traduce con los años en una búsqueda del hombre ideal-príncipe azul que, a ser posible (y a veces sin darnos cuenta) tenga alguna semejanza con su 'pater' del alma.
Es un tópico, lo sé, pero no anda muy lejos de la realidad. Yo no soñaba con mi padre, pero sí con mi hermano mayor.
Una de las cosas que primero me fijo de los hombres/tíos/machos/eso son en las manos. Me encantan... no lo puedo resistir. Es superior a mí. Es más, siempre ando mirando las manos de la gente. Y suele coincidir que muchas de las manos (de hombres) que me han llamado la atención son iguales o al menos muy parecidas a las de mi hermano mayor (absténganse de hacer comentarios en relación a las manos de alguien que yo me sé, pero él daría para hablar en un post... es la excepción que confirma la regla). Lo sé: sus manos no coinciden con lo que un día una niña solitaria soñó, pero qué se le va a hacer. Nada (o muy poco) de lo que yo había planeado para mí ha salido como me esperaba... pero así es la vida. Tú tiras los dardos y no sabes qué resultado saldrá.
Y yo esto lo contaba porque en un principio quería escribir un post sobre mi padre (es más, lo tengo escrito ya) y... se me ha ido la pinza como de costumbre.
Pues eso, chicos, esconder la mano cuando me veáis aparecer...

